Estoy aquí, sentada en el comedor de la casa de mi madre, cociendo una mandarina de fieltro como solía hacer antaño.
La vida ha cambiado mucho, sin embargo, me siento como esa muchacha de antaño, con la melancolía acuestas mientras estoy consciente que ya estoy rosando los 40 con el miedo de la perimenopausia y a perder a un hombre maravilloso porque no pueda darle familia.
Estoy con la melancolía a flor de piel pensando en que noches como esa Mari estaba en su vida, en su casa, acostada y conectada a esa máquina, oyendo relatos de la noche y yo aquí, sabiendo que ella vivía mientras me consumía en mis delirios.
Estoy con la melancolía bien presente, añorando esos años donde aún era una adulta chiquita, donde mi papá vivía y se emocionaba porque le gustaban las cosas de la chaviza pero que a mí no me gustaba. Y fingía que sí para que no se sintiera alienado.
Estoy con esta melancolía que me dice que el tiempo paso, que Mel ya no vive, que Mari ya no vive, que mis abuelos y mi padre ya no viven.
Estoy con esta melancolía que me pide que vuelva hacia atrás, que mire lo que antes amaba, me vuelva otra vez a esos años, que cambie desiciones.
Y no es porque la vida sea una mierda, sino que lo bonito de esta vida será mucho mejor si ellos, a los que perdí estuvieran aquí.
Que pudiera decirles que mis ansias de muerte están bajo control, que tengo un amor bien bonito, que tengo personas chidas en mi vida, que, aunque el trabajo es horrible, puedo seguir adelante.
Los extraño, y extraño esos años.
Pero los años pasaron y pasarán... Estoy viva y la mayoría del tiempo, soy feliz.
Atte
Diana